domingo, 27 de marzo de 2011

EL TÉ, UNA BEBIDA QUE ME APASIONA


Más que una bebida podemos decir que es un arte de vida. Su preparación es objeto de diversos ritos, algunos inmutables. En Japón, las ceremo­nias del té están impregnadas de un curioso fervor; en Rusia, el samovar es el testigo indispensable de la vida social, y más cerca de nosotros, en Inglate­rra, las actividades del país quedan paralizadas a las cinco en punto. En España, cada día va teniendo más adeptos, aunque nuestras manipulaciones im­perfectas estropeen con frecuencia este delicado brebaje.
Para disfrutar verdaderamente de una taza de té, con toda la sutileza que esto conlleva, hay que ele­girlo con cuidado, prepararlo con cariño y sabo­rearlo con pasión.
El Emperador Shen Nong reposaba bajo la som­bra de un arbusto. Esto ocurría en China, poco después de la creación de la Tierra. Mientras refle­xionaba, tuvo sed y puso a hervir el agua para puri­ficarla. En ese instante el arbusto se estremeció bajo el viento y unas hojas se desprendieron de sus ramas y cayeron en el agua. Shen Nong tomó esta bebida y la encontró deliciosa. Así comenzó el té en la Historia.
La cultura y toma del té se racionalizaron y se ex­tendieron por numerosos países. Los productores más apreciados siguen siendo la India, Ceilán y Chi­na. Hay que esperar tres años para que el arbusto llegue a su madurez. Como en los vinos de calidad, existe una denominación de origen y, dentro de una misma variedad, se conocen según el jardín de donde provengan (así se llama a las plantaciones).
La elección de un té es un rompecabezas a la vez que un placer. Hay tiendas especializadas que nos proponen hasta 250 tipos diferentes. Es inútil in­tentar conocerlas todas.
¿Cómo elegirlo? Pues para que le sirva de ayuda, le diremos que los ahumados resultan perfectos para el desayuno, los tés verdes para la comida, los de Cei­lán resultarán más adecuados a la hora de la merien­da. Por la noche podrá incluso abusar de las varieda­des tipo Oolong o Formosa, que no alteran el sueño.
Una vez resuelto el problema de la elección, ¿cómo prepararlo? En algunos países, como señalá­bamos arriba, exige ritos muy estrictos, pero, sin en­trar en detalles, señalemos que la elección de la te­tera y del agua resultan fundamentales.
En las teteras de barro es donde su aroma se desarrollará mejor. No deben lavarse sino simple­mente enjuagarse. En cuanto al agua, puede alterar gravemente la calidad del té si es demasiado calcá­rea o tiene demasiada lejía.
La infusión del té obedece a cinco reglas de oro. A saber: echar primero el agua caliente en la tetera y luego tirarla. Prevea una cucharada (de las de té) por persona más una para la tetera. Verter el agua a pun­to pero sin que llegue a hervir. Dejar la infusión de tres a cinco minutos y nunca más. Remover y servir.
Los «puristas» consideran una herejía añadirle una rodaja de limón. Curiosamente no ocurre lo mismo con la naranja, que en la India acompaña con frecuencia al té. Ya sólo le faltará sentarse en un sillón confortable y recordar lo que sobre el té decía Proust: «Había hecho que las vicisitudes de la vida me resultasen indiferentes, sus desastres ino­fensivos, su brevedad ilusoria...»

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